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jueves, 13 de mayo de 2010

Diez años de trabajo para una colección de errores



Por Eduardo Kragelund

El "Diccionario de americanismos”, que con tanta pompa ha sido promovido por la Real Academia Española (RAE), fue recibido con fuertes críticas durante su presentación en Perú.
La RAE lo ha publicitado como una obra magna. Y grande es, al menos. Tiene 2400 páginas, elaboradas durante diez años de trabajo en los que, según dicen, se han consultado unos 150 diccionarios de americanismos. En él han participado las 22 sucursales que la RAE tiene en América, entre ellas la peruana, y la casa matriz, que desde Madrid le otorgó su bendición.
Sin embargo, tanto tiempo y trabajo parecen no haber dado el resultado esperado. Durante la presentación oficial que se hizo en Perú, actos donde se reparten halagos y buenos modos, el nuevo diccionario fue recibido con una andanada de críticas. En lo que a Perú se refiere, dijeron los presentadores, está lleno de errores. Hay distorsiones en los peruanismos registrados y omisiones importantes, lo que lo convierte en una colección "indiscriminada, engañosamente rica" de vocablos de uso muy restringido, con etimologías erráticas o incompletas y una ortografía caótica.
Estas críticas, sumadas a muchas otras hechas por expertos en la lengua, llevan a la pregunta que muchos nos hicimos cuando se anunció la obra. ¿Por qué hacer un diccionario de americanismos?, ¿no sería mejor hacer un diccionario de todos los castellanos que se hablan, entre ellos los diferentes españoles de la península? O si se quiere hacer un diccionario que sólo recoja las palabras comunes a todos los castellanos, ¿no sería lógico, en todo caso, hacer otro que incluyera todos los "ismos", incluido los españolismos y no sólo los americanismos?
Aquí abajo dejo la crónica sobre la presentación divulgada desde Lima por EFE, la agencia española de prensa. Dada su íntima relación con la RAE -ambas instituciones son parte medular de la Fundación del Español Urgente (Fundéu)- supongo que habrá sido muy cuidadosa a la hora de reseñar las críticas. Digo, por aquello de no escupir en la mano que te da de comer.

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Lima, 11 mayo (EFE).- El Diccionario de Americanismos, una primicia en la historia del español, fue presentado hoy en Lima por varios especialistas que resaltaron su carácter necesario pero abundaron más en los defectos que contiene en la parte correspondiente a los peruanismos.

Con 2400 páginas, elaborado por las 22 academias de la lengua española y editado por Santillana, el libro se pone desde mañana a la venta en las principales librerías de Perú, país donde se ha editado para abaratar los costos de impresión y de donde se va a distribuir al resto del mundo.

Esta magna obra, que ha supuesto diez años de trabajo y ha tomado en cuenta 150 diccionarios parciales de americanismos existentes desde 1975 en todo el mundo hispanohablante, contiene más de 120 000 acepciones aportadas por las distintas academias de la lengua española.

Sin embargo, el presidente de la Academia Peruana de la Lengua, Marco Martos, fue quien primero criticó las "distorsiones" detectadas en los peruanismos registrados en el diccionario y los distintos niveles de consenso con que se ha trabajado en la elaboración de la obra.

Pese a todo, Martos resaltó el carácter colectivo de una obra "que por primera vez, como pasó con la Gramática, pone de acuerdo a 22 países", y concluyó que cuantos más diccionarios así, mejor podremos entendernos.

Más implacable se mostró Rodolfo Cerrón Palomino, gramático experto en lenguas andinas, al criticar las abundantes omisiones entre los peruanismos, la "colecta indiscriminada, engañosamente rica" de vocablos autóctonos que en realidad son muy restringidos, la etimología errática o incompleta y el caos ortográfico observado en las acepciones peruanas.

Para Cerrón, la obra "es un portento de trabajo lexicográfico pero de carácter todavía experimental (pues) dista de ser la obra acabada que todos esperábamos", por lo que expresó su deseo de una segunda edición más depurada.

El lexicógrafo español Julio Calvo, que por su parte está coordinando un próximo diccionario de peruanismos, fue el más benévolo al admitir sus carencias "pues no hay diccionario ilimitado o infinito", y subrayó que hay errores mínimos frente a los muchísimos aciertos.

jueves, 25 de marzo de 2010

Los secundarios de la Real Academia Española


Por Luis Carlos Díaz Salgado

[Artículo originalmente publicado en el mensual de crítica de la cultura La Fiera Literaria (versión impresa), núm. 222, Madrid-Barcelona-Sevilla, marzo del 2010. Rechacen plagios como este.]

Ya sé que dicho así, de sopetón, puede resultar un poco difícil de creer; pero les aseguro que pocas actividades me resultan tan entretenidas y chistosas como leer en la prensa las noticias relacionadas con la Real Academia Española. No me ocurre con todas ellas, eso también es cierto; a algunas les concedo la relevancia y el alcance que realmente tienen, como la reciente elección de Inés Fernández Ordóñez, la primera lingüista que ingresa en la RAE, o la más reciente aún presentación de la nueva Gramática académica, la más cercana a la ciencia lingüística de las hasta ahora elaboradas y publicadas por la institución. Sin embargo —y como les decía—, estos casos son las excepciones, y por regla general las noticias sobre la Academia suelen producirme el mismo efecto que el de una sesión de risoterapia. En fin, qué le voy a hacer, soy así de raro; ya sé que para la mayoría de hispanohablantes la Real Academia Española es una respetable institución cultural donde la tradición, la solemnidad y la ceremonia se confunden a menudo con lo viejo, lo fastidioso y lo aburrido —y esto poco tiene de entretenido, claro está—; pero yo, por el contrario, encuentro que las declaraciones que realizan los académicos no sólo son divertidas, sino que en ocasiones resultan más hilarantes que las letras de una chirigota gaditana.

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En esta tarea de divertirme a golpe de declaraciones y ocurrencias desatinadas brillan con luz propia los escritores. Nada más conocerse que han sido nombrados académicos —y como si del ganador de un concurso de belleza se tratara—, son tantos los disparates y tantas las banalidades que cuentan los recién llegados que sólo pueden compararse en vacuidad y desparpajo con los disparates y las banalidades que declararon en su día los escritores académicos ya veteranos. Lean, por ejemplo, lo que confesaba hace unos días la escritora Soledad Puértolas, última adquisición de la RAE, cuando un periodista le preguntó sobre la función que desempeñaría en la denominada Docta Casa:

Ni idea. Lo que me pidan. Lo que soy. Mucha ciencia no creo, no soy gramática ni tengo los conocimientos eruditos de un filólogo o un lingüista. Será algo mucho más personal y subjetivo, como lo es la creación literaria; y algo más intuitivo, quizá más arriesgado. Un acercamiento natural a la lengua.

Ya les digo, como si de una cuchufletera se tratara, la séptima mujer de la historia española en convertirse en académica numeraria de la lengua (sólo siete en trescientos años de historia) se presenta ante la prensa para declarar —eso sí, con una sonrisa de oreja a oreja— que no tiene más idea de gramática, filología o lingüística que la de andar por casa, y que lo suyo será, por tanto, «un acercamiento natural a la lengua». Signifique lo que signifique esta última frase, ¿se imaginan ustedes a un miembro electo de la Academia de la Historia afirmando que sólo puede dar fe de los tiempos que le han tocado vivir? ¿Podrían entender que un académico de Farmacia confesara que las medicinas que mejor conoce son las aspirinas y el ibuprofeno que toma cuando le da fiebre? ¿Comprenderían que un académico de Jurisprudencia anunciara sin sonrojo ante la prensa que las únicas leyes que domina al dedillo son las de la república independiente de su casa? No, ya sé que no. Este comportamiento sería impensable en una institución medianamente seria; y, por ello, en la Academia de Farmacia ingresan los farmacéuticos; en la de Historia, los historiadores; en la de Jurisprudencia, los jueces y abogados; y en la de Medicina, los médicos. Además, de esta manera —y por lógica tan simple—, los miembros de estas Reales Academias se ahorran el bochorno de confesar públicamente que no tienen ni idea de por qué o para qué han sido elegidos.
A diferencia de estas instituciones, y salvo en el caso de los pocos lingüistas y filólogos, la mayoría de miembros de la Real Academia Española se caracteriza por esmerarse en airear sus desnudas posaderas lingüísticas tan pronto conocen que han conseguido uno de los sillones con nombre de letras. Este comportamiento, además, es tan previsible como una ley física, créanme: se cumple irremediablemente y sin excepción alguna. Se me viene a la memoria, por ejemplo, el caso de Arturo Pérez Reverte, quien confesó —sin duda con el pecho henchido del orgullo hispano que lo caracteriza— que junto a él entraban en la Academia «todos sus lectores», y que su primera tarea en esta institución sería la de «escuchar y aprender». Es bien conocido por todo aquel que lo haya leído que Arturo Pérez Reverte es un cachondo en toda regla, pero hay que reconocer que aquí el escritor cartagenero se superó a sí mismo. Porque quien ingresó en una institución cultural dedicada a la lengua española sin pasar por una Facultad de Filología —que es donde los lingüistas van a «escuchar y aprender»— es él; quien aumentó su caché al hacerlo es él; quien a partir de entonces va de gañote a los Congresos de la Lengua que se celebran en América es él; y es él, en definitiva, quien aceptó ser académico de la lengua sin merecerlo; no por deméritos literarios, sino por deméritos científicos. Sus lectores no tienen la menor culpa de que a Reverte le atraigan los honores, seamos justos; bastante tienen ya con leer los comentarios machistas y carpetovetónicos que adornan muchas de sus obras literarias y la mayoría de sus artículos periodísticos. A cada uno, lo suyo.
Javier Marías, amigo y compañero de fatigas de Pérez Reverte, también ofreció en su día un buen ejemplo de esta guasa académica tan socarrona de la que yo disfruto enormemente. Tras conocer su nombramiento, Marías confesó sin empacho alguno que «no entendía por qué la Academia admitía en su seno a novelistas», ya que la labor de estos era «bastante pueril». Es difícil mostrar mayor desparpajo e ironía a la hora de aceptar un cargo, no me lo nieguen: es como cuando Groucho Marx afirmaba que jamás ingresaría en un club donde admitieran a gente como él. Y que conste que yo coincido con Javier Marías en lo principal: yo tampoco entiendo el criterio de la Real Academia Española a la hora de admitir nuevos miembros. No entiendo que en una academia de la lengua las decisiones lingüísticas las tomen escritores, biólogos, almirantes, sicólogos, arquitectos o periodistas. Tampoco comprendo que personas cultas y de gran talla intelectual y profesional —como muchos de los miembros de la RAE— admitan un cargo y una responsabilidad teórica para la que lisa y llanamente no están preparados. Así pues, o están locos estos académicos nuestros… o son unos guasones. Porque, díganme: ¿A quién en sus cabales se le ocurriría encargar la redacción de un diccionario a un poeta, por más genial que este pudiera ser? ¿Quién, con un poco de sentido común, escogería para redactar una gramática a un novelista, aunque fuese Premio Nobel? ¿En qué cabeza cabe, por tanto, que podamos tomarnos en serio a una institución en la que muchos de sus miembros declaran no tener ni idea de lo que hacen allí? El funcionamiento de la Academia Española es pura locura o pura broma, ya les digo, y por eso me resulta tan jocoso comprobar cómo mucha gente incluso considera que esta institución es ejemplo de seriedad y buen hacer: ¡bendita inocencia!
En fin, para mi deleite particular, lo paradójico de este comportamiento irracional y caduco que confunde un arte, la literatura, con una ciencia, la gramática, radica en que no es exclusivo de la Academia Española, sino que lo practican la mayoría de academias de la lengua. Un ejemplo muy claro de esto que les cuento tuvo como protagonista al director de la Euskaltzaindia, la Academia de la Lengua Vasca. Esta institución, que se encarga de elaborar la ortografía, el diccionario y la gramática del euskera, rechazó en su día al lingüista vascofrancés Xarles Videgain para admitir poco después a un ingeniero industrial, Andoni Sagarna, y a un escritor, Bernardo Atxaga. Con la intención de justificar ante los medios el extraño criterio de su institución a la hora de escoger nuevos miembros, el director de la Academia Vasca, el notario Andrés Urrutia, no dudó en resaltar ante la prensa las excelencias y el compromiso de este último:

Hay quien piensa que le hemos dado un premio nombrándole euskaltzaina [miembro de la Academia Vasca]. En realidad, le hemos llamado para trabajar.

Si el señor Urrutia hubiese tenido en cuenta la ley inmutable de la que les vengo hablando, esa que establece que un escritor recién elegido académico lo primerito que hace es el ridículo, entonces el director de la Academia Vasca se habría cuidado muy mucho de efectuar tales afirmaciones, porque al bueno de Bernardo Atxaga le faltó tiempo para declarar ante la prensa:

La pregunta debería ser qué tipo de trabajo puedo hacer. Porque es evidente que no puedo aportar mucho a las cuestiones intrínsecamente lingüísticas. Yo no puedo hacer gramáticas ni diccionarios, ni puedo ayudar en esos quehaceres. Lo que sí puedo hacer con más dedicación es esa tarea de cara al exterior. […] Sería una especie de propagandista de la lengua en el extranjero.

Vamos, que Atxaga ingresaba en la Academia Vasca para trabajar… de relaciones públicas: acabáramos. Así se entiende que Xarles Vidagain fuera rechazado en esta institución; así se entiende también que la propia RAE desestimara en su día la candidatura del lingüista Antonio Quilis para dejar sitio a Juan Luis Cebrián; así se entiende que la RAE escoja ahora a Soledad Puértolas cuando no hace tanto le negó el asiento al subdirector de ¡su propio Instituto de Lexicografía!, Rafael Rodríguez Marín, un lingüista competente que abandonó la institución poco después, no se sabe si por hastío o por vergüenza torera. Así se entiende, en definitiva, que la Academia haya tenido que recurrir a gramáticos y lingüistas ajenos a su seno para elaborar la nueva Gramática, la primera obra medianamente científica de toda su historia. Pero vaya, situaciones esperpénticas como estas no son raras cuando 31 de los 46 miembros de una academia de la lengua se dedican a las relaciones públicas y a la propaganda en vez de a la lingüística. Ese es el chiste con el que me vengo riendo desde hace ya muchos años.
En fin, ahora que se apagan en la prensa los ecos de la elección de Soledad Puértolas sé que me aguardan algunos meses de apatía hasta que la Academia elija a otro médico, a otro cineasta o a otro escritor, que bien podría llamarse Almudena Grandes, Elvira Lindo, Maruja Torres, Juan José Millás, Carlos Ruiz Zafón o cualquier otro peso pesado de nuestra liviana literatura actual; total, lo mismo daría uno que otro. Por eso les confieso que yo esperaré confiado y expectante, ya que estoy seguro de que sea quien sea el elegido —o la elegida— me proporcionará los mismos buenos ratos que Marías, Reverte o Puértolas, quien por cierto ya ha adelantado que su discurso de ingreso en la Academia versará sobre los personajes secundarios. Si me acepta el consejo, y en compensación por las risas que me he echado a costa de sus declaraciones, yo recomendaría a Soledad Púertolas que, en vez de citar a personajes literarios, fijara la vista y el ingenio en los escasos lingüistas de la institución en la que ingresa. Nada mejor para hablar de subalternos en el salón de plenos de la RAE que recordar a los científicos del lenguaje, los auténticos secundarios de la Real Academia Española.

Este artículo se terminó de escribir en Sevilla, a mediados del mes de febrero del 2010.

martes, 9 de marzo de 2010

La expresión "me tienen los huevos al plato", ¿estará en el nuevo diccionario?


Bajo este titulo, el blog "Club de Traductores Literarios de Buenos Aires" publica un artículo de Jorge Aulicino, poeta, periodista y director de la Revista Ñ de Buenos Aires, sobre la aparición del Diccionario de Americanismos de la Real Academia Española. Tomando como base las declaraciones del Secretario General de la Asociación de Academias de la Lengua Española, Humberto López, Aulicino pone en blanco sobre negro una realidad que a muchos "nos tiene los huevos al plato": el espíritu centralista, con rancio sabor imperial, que anima la normativa que pretende imponer la RAE a 45O millones de castellanohablantes, de los cuales 400 millones hablamos un castellano no español.
A continuación, el artículo de Aulicino.
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Un caballo como el de Troya para entendernos mejor
Por Jorge Aulicino

Ahora que el desgraciado terremoto en Chile convirtió el Congreso de la Lengua, que debía realizarse en Valparaíso, en un congreso virtual (se podrán ver en la red las ponencias), resulta más patético leer el texto que sigue, un recuadro en la edición del domingo pasado de Babelia, el suplemento de cultura de El País, de Madrid, cuyo tema de tapa es el idioma, en relación con el Congreso de la Lengua. El recuadro se refiere al Diccionario de Americanismos que ya apareció en España y aquí. Cada palabra de este breve texto parece acrecentar sus significados en medio de una nota más amplia cuyo copete asegura que el "español de América protagoniza el Congreso de la Lengua" y ahora que el Congreso no se celebra ya sobre tierra firme americana. Léase:

"El diccionario de americanismos es fundamentalmente un diccionario descodificador, explica el Secretario General de la Asociación de Academias de la Lengua Española, Humberto López. El objetivo es que la gente conozca una palabra o expresión de América y se sitúe. Así todos los textos escritos allá pueden ser entendidos en el mundo. Es un diccionario, según López, que "viene a llenar un vacío. Hasta ahora si alguien quería conocer algún americanismo tenía que comprar o leer el diccionario de Moringo que lleva treinta y tantos años". // Se trata de una idea centenaria y puesta en marcha en 1998 con el trabajo de las 22 academias. Cada una propuso, envió, revisó y aprobó las palabras y definiciones coordinadas en Madrid. El diccionario es el más completo del léxico americano, tiene 2.500 páginas, más de 70.000 entradas, unas 120.000 acepciones, sinónimos y variantes en la mayoría de las voces, etimología y procedencia de las palabras en la mayoría de los casos. "Es un aire fresco que entra sobre todo para el público español. Un trabajo rompedor desde la lexicografía en general", y concluye López: "Se lo debíamos a los hispanoamericanos".

Notas:

"Diccionario descodificador": El redactor cita nada menos que al Secretario General de la asociación que reúne a las Academias de 22 países de lengua castellana; se refiere –el mentor– a que los americanos debemos ser pasados en limpio, pues al parecer, hablamos todos un slang, un código;

"La gente": Sustantivo colectivo que parece englobar al mundo, exceptuados los americanos de habla castellana. En efecto, se trata de eso, pues el Secretario dice inmediatamente: "todos los textos escritos allá pueden ser entendidos en el mundo."

"Cada uno propuso, envió, revisó y aprobó las palabras y definiciones coordinadas en Madrid": el orden no permite percibir claramente cómo se hizo el trabajo, ya que al parecer primero las palabras se propusieron y enviaron, y luego se las revisó y aprobó, coordinadas (las palabras) en Madrid. La oración trasmite que ha habido un confuso trabajo, en el que quizá las palabras se iban aprobando a medida que se las "coordinaba";

"Un aire fresco para el público español": Confrontar con "la gente".

"Un trabajo rompedor": Probablemente, rupturista. Quizá, molesto (en el sentido americano, específicamente argentino, de romper los huevos);

"Se lo debíamos": ¿Los españoles coordinadores?

"A los hispanoamericanos": A todos ellos.

Me resisto, me debato, me contengo, me remuerdo, para no creer que este suelto ha sido dictado por algún improbable espíritu centralista del idioma, por una Casa de Indias de la lengua, pero está tan lleno de anfibologías y pleonasmos que me da espina. Que me cuelguen si los americanos somos un bloque lingüístico, por empezar, y si vale lo mismo, por ejemplo, decir aquí "pico" que decirlo en Chile, sin provocar allá una carcajada, al menos una sonrisa condescendiente. Y que me echen los galgos si no tenemos los americanos entre nos tantas cosas lexicográficamente distintas como los españoles con cualquiera de nosotros. Y que Dios y la Patria me lo demanden si entiendo que la Academia ha querido hacernos un regalo para que nosotros mismos nos entendamos. Y pongo los pies en polvorosa.

Si este criterio de la RAE, que convierte en un bloque de americanismos a los chilenismos, peruanismos, paraguayismos, mexicanismos, etc.; es decir a nuestros léxicos diversos; es decir, los léxicos de la mayor parte de los hispanohablantes; si este criterio, digo, es el mismo que debe regir las traducciones... en fin, estamos en el horno (argentinismo por “en dificultades serias”, o directamente, por “condenados”).

lunes, 27 de julio de 2009

La Academia Española ante el poder de los hablantes


Por Manuel Seco (extracto publicado en La página del idioma español)

Para el hablante español medio, la autoridad máxima, algo así como el tribunal supremo del idioma, es la Real Academia Española. Esta institución oficial nació, en 1713, con un carácter exclusivamente técnico (diferente del de hoy, que es en gran parte honorífico) y con una finalidad muy definida, que está de manifiesto en su lema: Limpia, fija y da esplendor.
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Es decir, su misión era, basándose en el uso de los mejores escritores, establecer una forma precisa y bella de la lengua, exenta de impurezas y elementos superfluos. Con tal objetivo, compuso la Academia su célebre Diccionario en seis volúmenes llamado "de Autoridades" (1726-1739), y más tarde su Ortografía (1741) y su Gramática (1771). La autoridad que desde un principio se atribuyó oficialmente a la Academia en materia de lengua, unida a la alta calidad de la primera de sus obras, hizo que se implantase en muchos hablantes -españoles y americanos-, hasta hoy, la idea de que la Academia "dictamina" lo que debe y lo que no debe decirse. Incluso entre personas cultas es frecuente oír que tal o cual palabra "no está admitida" por la Academia y que por lo tanto "no es correcta" o "no existe".

En esta actitud respecto a la Academia hay un error fundamental, el de considerar que alguien -sea una persona o una corporación- tiene autoridad para legislar sobre la lengua. La lengua es de la comunidad que la habla, y es lo que esta comunidad acepta lo que de verdad "existe", y es lo que el uso da por bueno lo único que en definitiva "es correcto".

La propia Academia, cuando quiso imponer una determinada forma de lengua, no lo hizo a su capricho, sino presentando el uso de los buenos escritores. La validez de un diccionario o de una gramática en cuanto autoridades depende exclusivamente de la fidelidad con que se ajusten a la realidad de la lengua culta común; ninguna de tales obras ha de decirnos cómo debe ser la lengua, sino cómo es, y por tanto su finalidad es puramente informativa. Se puede buscar en ellas orientación, no preceptos.

La actitud de reverencia ciega a la Academia, unida a la adhesión literal a uno de los principios de fundación de ésta, da lugar a la posición purista, que rechaza cualquier palabra nueva por ser extranjera o simplemente por ser nueva. El punto de partida de esta postura es el de suponer que una lengua es una realidad fija, inmutable, perfecta; ignorando que tiene que cambiar al paso que cambia la sociedad que la habla, y que, al ser un instrumento al servicio de los hablantes, éstos la van adaptando siempre a la medida de sus necesidades.

Pero no debe confundirse el purismo, tradicionalista y cerrado, desdeñable por absurdo, con una conciencia lingüística en los hablantes -realista y crítica a la vez- que con sentido práctico sepa preferir, entre las varias formas nuevas que en cada momento se insinúan, las más adecuadas a los moldes del idioma, y que, reconociendo la necesidad de adoptar extranjerismos, sepa acomodarlos a estos mismos moldes. El desarrollo de tal conciencia lingüística sería uno de los mejores logros de una buena enseñanza de la lengua.

Si la lengua es de todos; si nadie, ni Academia ni gramáticos, la gobiernan ¿cómo se mantiene su unidad? Ya hemos dicho que el instinto general de conservar el medio de comunicación con los demás, necesidad de toda sociedad, es lo que frena y contrarresta la tendencia natural a la diversidad en el hablar. Este instinto es el que establece las normas que rigen en cada comunidad.

Aunque es indudable la existencia de una norma en la lengua, también es innegable que no existe "una" norma. La supernorma, la norma general, es, desde luego, la lengua culta escrita, que presenta una clara uniformidad básica en todo el mundo hispanohablante; pero el uso cotidiano se fragmenta en normas menores, variables según la geografía y según los niveles, que, sin romper la unidad general del idioma,, ofrecen a menudo matices muy peculiares. A esta variedad de normas, y no sólo a una dogmática norma unitaria, debe atender una enseñanza realista de la lengua, en beneficio de los hablantes y de la propia lengua.

lunes, 6 de julio de 2009

Los voceros voceras de la Academia del Insulto

Por Luis Carlos Díaz Salgado, sociolingüista.





Menuda la ha liado la ministra de Igualdad con su ocurrencia de llamar miembras a las miembras de no sé qué institución. Dicen los que dicen que saben de esto —nuestros queridos puristas y académicos de pro—, que a la miembra del gobierno se le ha notado la vena feminista en demasía, y que nadie puede hacer con la lengua su santa voluntad; que hasta ahí podríamos llegar; que para eso ya están ellos, los salvaguardas del idioma correcto y de la pureza lingüística tradicional.

El caso es que, aprovechando que la ministra ha pedido a la Real Academia que admita el nuevo palabro en su diccionario (ándese con ojo, ministra, que no sabe usted bien con quién se las gasta en estos asuntos), han sido varios los escritores y académicos de la lengua en acudir a los periódicos para negar la corrección del término miembra, al que, como poco, han calificado de «aberración» y «burrada». Así, y según recoge el diario El País, para Fernando Savater, Juan Manuel de Prada y Javier Marías, decir miembra es una «estupidez», una «sandez» y una «muestra de feminismo salvaje». Magnífica lección gramatical, sí señor; y elegante, sobre todo elegante.

Bastaría con haberle contestado a la ministra que la misión de la Academia no es establecer qué palabras pueden o no pueden entrar en el diccionario, sino que su labor consiste en recoger las que realmente se emplean: con esta declaración tan simple habría sido suficiente, y todo ello sin ni siquiera entrar en disquisiciones morfológicas, que esa es otra. Pero no, había que dejar claro con algún que otro improperio —dedicados sobre todo a las odiosas feministas y a las ministras incautas— que nadie puede cambiar la lengua a su antojo, y mucho menos sin contar antes con la aquiescencia de la Academia y la de sus oráculos de la corrección. Y aquí es justo donde se equivocan estos críticos; y lo hacen tanto en el fondo como en las formas.

Porque, guste o no, cualquiera, incluidos los ministros, puede usar las palabras que le resulten más adecuadas, incluso aunque estas voces sean un puro invento, como es el caso; de la misma forma que también cualquiera es libre de rechazar las que le parezcan absurdas o agramaticales. Vaya, que si yo estoy empleando la voz miembra en este artículo es porque no le veo nada malo a la palabra —salvo su novedad—, pero no por ello fuerzo a nadie a seguir mi ejemplo. Comprendo, además, que habrá quien se ría o se sonría (siempre lo nuevo resulta extraño e incluso chocante), pero de ahí a caer en la grosería, la ordinariez y la descalificación personal, como han hecho algunos académicos, escritores y periodistas, va todo un mundo.

Especialmente grosero con la ministra se ha mostrado el hasta hace poco vicedirector de la Real Academia Española, Gregorio Salvador, en su tiempo dialectólogo y hoy en día portavoz ideológico de la RAE. Siempre presto a la gresca lingüística, y haciendo gala de su habitual estilo guerrillero, Salvador también ha tachado de «estupidez» el uso de la voz miembra, a la par que ha llamado «estúpidos e ignorantes» a quienes osan emplear esta palabra. Para rematar tan moderada intervención ante la prensa, Gregorio Salvador ha recomendado a Bibiana Aído que «escriba a la RAE si quiere que el término se incluya en el diccionario»; que escriba y que luego espere bien sentadita, claro está, porque como ha enfatizado el propio Salvador, «siempre tenemos locos que escriben a la Academia pidiendo cosas peregrinas». En otras palabras, que la Real Academia Española admitirá a las miembras cuando las ranas críen pelo.

Lo curioso de esta historia es que no sería nada raro que los batracios acabaran luciendo melena (algo bastante común en asuntos lingüísticos), y bien podría ocurrir que Gregorio Salvador y compañía tuvieran que envainarse sus comentarios, tal y como hicieron los que en su día despotricaron contra médicas, arquitectas, juezas, presidentas, fiscalas, concejalas, modistos y azafatos; por poner sólo algunos ejemplos de voces inusuales en su momento, pero ya admitidas —aunque de muy mala gana— por la RAE, que comprueba con indisimulado enfado cómo la gente las emplea con normalidad, a pesar de que ella misma las condenara en un principio.

Así parece reconocerlo el segundo Salvador de nuestra historia, el también lingüista y académico Salvador Gutiérrez, quien —admitiendo el matiz feminista del término miembra, pero recordando el abecé de la profesión lingüística— ha afirmado que «la última palabra la tiene siempre el pueblo», y que si alguien introduce un cambio y el cambio es admitido por el pueblo, pues sanseacabó. Bien dicho: así es como dirime este tipo de disputas un verdadero estudioso de la lengua; y este es el mensaje de sensatez y mesura que divulga un auténtico lingüista para fomentar el respeto mutuo entre todos los hablantes. De ahí que sea tan necesario que el concepto de corrección lingüística no quede en manos de puristas gruñones, periodistas malhablados y escritores oportunistas.

Quizás les parezca curioso que dos lingüistas como Salvador Gutiérrez y Gregorio Salvador puedan abrigar ideas y actitudes tan diferentes sobre el mismo tema, especialmente si tenemos en cuenta que ambos son, además, miembros de la Real Academia Española. Pero todo se torna diáfano si recordamos que Salvador Gutiérrez es un científico de prestigio que lleva sólo unos meses en la institución; al contrario que Gregorio Salvador, que es uno de los miembros más veteranos de la RAE. Se hace evidente que el virus academicista todavía no ha tenido tiempo de dañar el intelecto de Salvador Gutiérrez, mientras que el sistema neuronal de Gregorio Salvador está ya irremediablemente perdido, y de ahí que pierda su objetividad científica con la misma asiduidad con la que pierde la educación y los modales.

Porque, no satisfecho con tachar de ignorantes, locos, tontos y estúpidos a quienes tengan la osadía de usar su lengua como mejor les venga en gana, (por cierto, ministra, infórmese un poquito mejor antes de meterse en estos berenjenales), el vocero más voceras de la RAE ha llegado incluso a recriminar la labor gubernamental de Bibiana Aído, a quien ha pedido que «se deje de bromas y se ocupe de resolver problemas de desigualdad preocupantes que hay en España, como las dificultades que tienen los padres en algunas comunidades para que sus hijos estudien castellano». Y chúpate esa, ministra; que nada hay mejor para cosechar aplausos en el ruedo ibérico que mezclar churras feministas con merinas catalanistas.

Sin embargo, y ya puestos a exigir responsabilidades, la ministra de Igualdad debería hacer eso mismo con la RAE, un organismo pagado con el dinero de todos cuyas señas de identidad son el conservadurismo, el machismo y la endogamia (y ahora también la chulería y el mal gusto, por lo que hemos podido leer en la prensa). Quizás ha llegado ya el momento de que el Estado tome medidas para evitar que en la institución estatal encargada de recoger los usos más habituales de nuestra lengua, científicos del lenguaje de la talla de Salvador Gutiérrez tengan que compartir asiento con escritores pepesabidillos metidos a gramáticos, filólogos trasnochados con delirios ultras y algún que otro amiguete despistado y suertudo que pasaba por allí. Alguna excepción hay entre tanta medianía lingüística, caso de Salvador Gutiérrez, Manuel Seco, Ignacio Bosque o Francisco Rico; pero eso es lo irónicamente grave, que los lingüistas sean las excepciones en una academia de la lengua.

Por lo tanto —y en vez de pedirle a la RAE que incluya tal o cual palabro en el diccionario—, lo primerito que debería hacer la ministra de Igualdad es exigirles a los académicos que expliquen y aclaren cuáles son los méritos necesarios para convertirse en tales. Quién sabe, quizás así los estúpidos, los locos y los ignorantes que creemos que otro mundo y otra Academia son posibles llegaríamos a entender que en una institución lingüística compuesta por 46 miembros sólo haya tres mujeres, tres solitarias miembras que además ni siquiera son lingüistas. Y esto último es lo que hace que la bancada académica resulte definitivamente grotesca.

Resumiendo, que el Estado financie corporaciones patriarcales y endogámicas como nuestra Real Academia del Insulto es tanto o más bochornoso y denunciable que el que a una ministra bisoña le dé por decir miembra, cancillera o ujiera. Esto último puede provocar la risa floja durante algunos días, pero lo primero causa una vergüenza tan permanente y un sonrojo tan duradero que uno se pregunta cuándo tendremos un gobierno con la sensatez necesaria para modificar de una vez los Estatutos de la Real Academia Española. Porque ya va siendo hora de que en la principal institución normativa de nuestra lengua estén sentados los verdaderos estudiosos del idioma —sean hombres o mujeres—, y no cualquier sobrino de su tío elegido por el igualitario método del dedazo: y esta sí que es una tarea digna de un ministerio de Igualdad. Ya les digo, ojalá ese gobierno llegue algún día y ojalá sepa devolverle a la Academia de la Lengua el cariz científico que nunca ha tenido. Los lingüistas lo celebraríamos; y las lingüistas imagino que todavía más.


Sevilla, 12 de junio del 2008

viernes, 3 de julio de 2009

La RAE continúa tan prescriptivista como en 1713

Por Ricardo Soca, periodista y editor de La página del idioma español

Nunca dejará de llamarme la atención la alegre desenvoltura con que la Academia Española se permite inventar palabras o grafías que no existen en la lengua, pese a las afirmaciones de sus miembros en el sentido de que "los únicos dueños de la lengua son los hablantes".

Son bien conocidos en ese sentido los casos de "güisqui" y "cederrón", vocablos nacidos en los mullidos sillones de la RAE, pero hojeando el Diccionario encontraremos muchos otros casos de imposición despiadada del diktat académico sobre las preferencias de los hablantes. Un buen ejemplo es el de la designación de los verbos pronominales, tachada como "antigua" por la Docta Casa, que ahora recomienda llamarlos verbos pronominados. O el de los verbos intransitivos, que ahora deben llamarse "verbos neutros".

Una sencilla búsqueda en Google permite comprobar que la preferencia de los hablantes constituye es un parámetro de poca importancia para los académicos. En efecto, si buscamos la forma "anticuada" verbo pronominal (la búsqueda debe hacerse entrecomillando las palabras) encontraremos 76.000 casos, mientras que para la forma verbo pronominado, consagrada como "correcta" por la Academia, el buscador muestra apenas 39 casos, una diferencia de 1.948 a uno. Análogamente, Google muestra 1.290 casos de la forma verbo neutro, recomendada por la RAE, contra casi 25.000 de la antigualla verbo intransitivo, que todos usamos.

En cuanto a las ya citadas güisqui y cederrón, veamos: el nombre de la bebida aparece escrito en su forma inglesa en casi un millón de sitios en castellano, mientras que apenas 5.970 prefirieron la forma "castiza" güisqui, nacida de la creatividad de la RAE, al mismo tiempo que el obsoleto y anglicado CD-ROM figura en el buscador con casi dos millones de casos, contra sólo 15.500 del primoroso y casi desconocido cederrón (Obviamente, todas las búsquedas se hicieron en modo avanzado, seleccionando exclusivamente textos en castellano).

A pesar de que muchas lenguas cuentan con sus academias para analizar los usos y definir las normas que de él se derivan, el castellano debe ser la única cuyos hablantes son tratados como niños de corta edad a quienes la autoridad lingüística debe enseñar la forma "correcta" de hablar y de escribir, inventando, cuando lo juzgare pertinente, palabras "más correctas" que las que el uso estableció.