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lunes, 19 de abril de 2010

Una más de la Academia Norteamericana de la Lengua Española


Por Eduardo Kragelund

Como periodista, uno está obligado a leer muchas cosas y de muy diferente pelaje. Pero hay veces que no se sabe si se trata de una cargada (tomadura de pelo, en castellano argentino) o simplemente de gente ignorante o que dice barbaridades gratuitamente.
Este es el caso de la Academia Norteamericana de la Lengua Española (ANLE). Luego de años de silencio -muy beneficioso para el personal, a juzgar por lo que está produciendo ahora-, se largó a dictaminar cómo deben usar su lengua los 40 millones de castellano hablantes que viven en los Estados Unidos. Si lo quieren ver, no tienen más que ir a Dígalo bien, unas pastillas que transmiten semanalmente por la cadena Univisión.
Ahí nos podemos enterar que no sólo los latinos que viven en Estados Unidos "no lo dicen bien", sino que prácticamente todos o una gran mayoría de los latinoamericanos hablamos bastante distinto de lo que estos académicos desearían. Por ejemplo, muchos decimos "antisocial" y no "insocial", como propone la ANLE a pesar de que nadie usa esa palabra. Excepto ellos, claro está. Del mismo modo, para los expertos de esta academia con sede en Nueva York lo correcto es "opción" y no "alternativa", o "capacitación" y no "entrenamiento", aunque ambas palabras "malas" estén en el mataburros mayor del castellano, el Diccionario de la Real Academia Española.
Ni hablemos de las palabras propias del castellano estadounidense, absolutamente implantadas en el lenguaje diario de los latinos en Estados Unidos. Usar "vestimenta casual" y no "informal", "average" y no "promedio", "llueven perros y gatos" en lugar de "llueve a cántaros", "gangas" y no "pandillas", "introducir" y no "presentar", son verdaderos pecados mortales. Ni qué hablar de "parquear".
Pero el colmo de estos académicos, para quienes evidentemente la lengua es un producto de laboratorio que debe regirse por normas impermeables a todo uso, es que comenzaron a inventar palabras, como si los usuarios del idioma estuvieran esperando que un genio les venga a decir cómo deben denominar las cosas. Y aquí me paro. Los dejo con una verdadera joya titulada "Hispanounidense o cómo nace una palabra", una entrevista que un académico de la ANLE, Manuel Garrido Palacio, le hace el 7 de abril del 2010 al director de la ANLE, Gerardo Piña-Rosales. Un clásico autobombo, como diríamos los que hablamos el castellano argentino.

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Texto de la entrevista (aclaro que se trata de la versión integra de la entrevista, a la que no se le tocó ni una coma)

La Academia Norteamericana de la Lengua Española de Nueva York (ANLE), fundada en 1973, es una de las 22 academias de nuestro idioma en el mundo. Sin fines de lucro, tiene por misión fomentar el uso correcto de la lengua española en los Estados Unidos. Su Director hoy es el escritor y catedrático Gerardo Piña-Rosales.

Manuel Garrido Palacio: Hace poco surgió en el seno de la Academia Norteamericana la palabra «hispanounidense»; ¿qué hay dentro de ella, a quién o a quiénes se aplica?

Gerardo Piña-Rosales: Este neologismo, del que soy acuñador, describe a las personas de origen hispano —hablen o no español— que residen en Estados Unidos. Me parece un vocablo más acertado que los que se han venido usando hasta ahora: «Hispanic», latino, hispano, etc.

MGP: ¿Cómo nace una palabra? ¿Se busca, se encuentra, se celebra su presencia en la Casa de las Palabras, es decir, la Academia?
GPR: Las palabras nacen, viven y mueren como cualquier organismo. Las hay que nacen porque se necesitan para nombrar algo nuevo, algo que antes no existía. La Academia no crea las palabras, sino el pueblo, la gente. Después, si el nuevo vocablo arraiga (sobre todo porque no atenta contra el genio de la lengua), si millones de personas lo usan, la Academia lo recoge en sus diccionarios. En Estados Unidos, muchas de las voces que hoy se consideran anglicismos inaceptables, al cabo de los años y por el uso reiterado que de ellos hace la población, acabarán siendo parte, y parte legítima, de la lengua española.

MGP: ¿Qué piensa del llamado espanglish?
GPR: Que es un fenómeno natural; una realidad. El español de Estados Unidos tendrá siempre características propias; la más relevante es la influencia del inglés. Pero eso no significa que hablemos Spanglish. Lo que no debemos hacer, como han hecho y hacen algunos profesores y educadores (por llamarlos de alguna forma) es proponer el Spanglish o espanglés como una nueva lengua, como un idioma que incluso hay que aprender. Eso es decirles a los millones de inmigrantes que no se preocupen por mejorar su español ni por aprender inglés. A mi juicio, estos defensores del Spanglish (ensalada de la que, por cierto, ellos mismos no gustan) están haciendo un flaco favor a las personas, sean inmigrantes o no, que desean superarse, que aspiran a poder desenvolverse algún día en ámbitos profesionales.

MGP: ¿Qué hace la ANLE en este sentido?
GPR: La Academia Norteamericana, con fondos muy limitados, con muy poco apoyo gubernamental (ni de España ni de Estados Unidos), hace lo que puede. Hemos suscrito un convenio con GobiernoUSA, agencia del Gobierno estadounidense que informa y presta ayuda a los hispanos a través de sus páginas web. La ANLE asesora a esta agencia para que el español que ésta utiliza sea lo más correcto posible. Acabamos de publicar el libro Hablando bien se entiende la gente (Ed. Santillana USA), con más de 300 consejos idiomáticos, también transmitidos por Univisión todas las semanas. Y no hay que olvidar que el Gobierno de Estados Unidos ha reconocido a la ANLE como la máxima autoridad del español en este país.

MGP: ¿Cómo se defiende un idioma en esa primera línea?
GPR: La mejor defensa es hablarlo y escribirlo bien; pero para ello me parece fundamental que las nuevas generaciones de hispanounidenses no olviden su origen, su cultura, su lengua. Hay que luchar para que los jóvenes hispanos no abandonen la escuela, la universidad. Nos guste o no nos guste, la clase media educada es la que mejor conserva y defiende el idioma, por la sencilla razón de que posee una conciencia lingüística, una conciencia cultural; sabe que el español es una lengua universal, expresión de una rica y variada cultura, por no hablar de las ventajas económicas del bilingüismo.

MGP: Parece difícil hablar de un grupo homogéneo de hispanohablantes.
GPR: El conocimiento de la lengua vernácula depende del grado de escolaridad del hablante. Una gran mayoría de los hispanos que viven en Estados Unidos (personalmente, me parece aberrante hablar de legales e ilegales) proviene de países pobres y de estamentos sociales muy humildes. Es comprensible que su nivel de habla y escritura no sea muy elevado. Pero también es verdad que existe ya una pujante clase media, educada, que se siente cada vez más orgullosa de su lengua y de sus orígenes hispánicos, personas para quienes el ideal es el bilingüismo, la biculturalidad.

MGP: Podemos decir entonces que la salud del español en Estados Unidos es…
GPR: ¡Muy buena!

jueves, 25 de marzo de 2010

Los secundarios de la Real Academia Española


Por Luis Carlos Díaz Salgado

[Artículo originalmente publicado en el mensual de crítica de la cultura La Fiera Literaria (versión impresa), núm. 222, Madrid-Barcelona-Sevilla, marzo del 2010. Rechacen plagios como este.]

Ya sé que dicho así, de sopetón, puede resultar un poco difícil de creer; pero les aseguro que pocas actividades me resultan tan entretenidas y chistosas como leer en la prensa las noticias relacionadas con la Real Academia Española. No me ocurre con todas ellas, eso también es cierto; a algunas les concedo la relevancia y el alcance que realmente tienen, como la reciente elección de Inés Fernández Ordóñez, la primera lingüista que ingresa en la RAE, o la más reciente aún presentación de la nueva Gramática académica, la más cercana a la ciencia lingüística de las hasta ahora elaboradas y publicadas por la institución. Sin embargo —y como les decía—, estos casos son las excepciones, y por regla general las noticias sobre la Academia suelen producirme el mismo efecto que el de una sesión de risoterapia. En fin, qué le voy a hacer, soy así de raro; ya sé que para la mayoría de hispanohablantes la Real Academia Española es una respetable institución cultural donde la tradición, la solemnidad y la ceremonia se confunden a menudo con lo viejo, lo fastidioso y lo aburrido —y esto poco tiene de entretenido, claro está—; pero yo, por el contrario, encuentro que las declaraciones que realizan los académicos no sólo son divertidas, sino que en ocasiones resultan más hilarantes que las letras de una chirigota gaditana.

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En esta tarea de divertirme a golpe de declaraciones y ocurrencias desatinadas brillan con luz propia los escritores. Nada más conocerse que han sido nombrados académicos —y como si del ganador de un concurso de belleza se tratara—, son tantos los disparates y tantas las banalidades que cuentan los recién llegados que sólo pueden compararse en vacuidad y desparpajo con los disparates y las banalidades que declararon en su día los escritores académicos ya veteranos. Lean, por ejemplo, lo que confesaba hace unos días la escritora Soledad Puértolas, última adquisición de la RAE, cuando un periodista le preguntó sobre la función que desempeñaría en la denominada Docta Casa:

Ni idea. Lo que me pidan. Lo que soy. Mucha ciencia no creo, no soy gramática ni tengo los conocimientos eruditos de un filólogo o un lingüista. Será algo mucho más personal y subjetivo, como lo es la creación literaria; y algo más intuitivo, quizá más arriesgado. Un acercamiento natural a la lengua.

Ya les digo, como si de una cuchufletera se tratara, la séptima mujer de la historia española en convertirse en académica numeraria de la lengua (sólo siete en trescientos años de historia) se presenta ante la prensa para declarar —eso sí, con una sonrisa de oreja a oreja— que no tiene más idea de gramática, filología o lingüística que la de andar por casa, y que lo suyo será, por tanto, «un acercamiento natural a la lengua». Signifique lo que signifique esta última frase, ¿se imaginan ustedes a un miembro electo de la Academia de la Historia afirmando que sólo puede dar fe de los tiempos que le han tocado vivir? ¿Podrían entender que un académico de Farmacia confesara que las medicinas que mejor conoce son las aspirinas y el ibuprofeno que toma cuando le da fiebre? ¿Comprenderían que un académico de Jurisprudencia anunciara sin sonrojo ante la prensa que las únicas leyes que domina al dedillo son las de la república independiente de su casa? No, ya sé que no. Este comportamiento sería impensable en una institución medianamente seria; y, por ello, en la Academia de Farmacia ingresan los farmacéuticos; en la de Historia, los historiadores; en la de Jurisprudencia, los jueces y abogados; y en la de Medicina, los médicos. Además, de esta manera —y por lógica tan simple—, los miembros de estas Reales Academias se ahorran el bochorno de confesar públicamente que no tienen ni idea de por qué o para qué han sido elegidos.
A diferencia de estas instituciones, y salvo en el caso de los pocos lingüistas y filólogos, la mayoría de miembros de la Real Academia Española se caracteriza por esmerarse en airear sus desnudas posaderas lingüísticas tan pronto conocen que han conseguido uno de los sillones con nombre de letras. Este comportamiento, además, es tan previsible como una ley física, créanme: se cumple irremediablemente y sin excepción alguna. Se me viene a la memoria, por ejemplo, el caso de Arturo Pérez Reverte, quien confesó —sin duda con el pecho henchido del orgullo hispano que lo caracteriza— que junto a él entraban en la Academia «todos sus lectores», y que su primera tarea en esta institución sería la de «escuchar y aprender». Es bien conocido por todo aquel que lo haya leído que Arturo Pérez Reverte es un cachondo en toda regla, pero hay que reconocer que aquí el escritor cartagenero se superó a sí mismo. Porque quien ingresó en una institución cultural dedicada a la lengua española sin pasar por una Facultad de Filología —que es donde los lingüistas van a «escuchar y aprender»— es él; quien aumentó su caché al hacerlo es él; quien a partir de entonces va de gañote a los Congresos de la Lengua que se celebran en América es él; y es él, en definitiva, quien aceptó ser académico de la lengua sin merecerlo; no por deméritos literarios, sino por deméritos científicos. Sus lectores no tienen la menor culpa de que a Reverte le atraigan los honores, seamos justos; bastante tienen ya con leer los comentarios machistas y carpetovetónicos que adornan muchas de sus obras literarias y la mayoría de sus artículos periodísticos. A cada uno, lo suyo.
Javier Marías, amigo y compañero de fatigas de Pérez Reverte, también ofreció en su día un buen ejemplo de esta guasa académica tan socarrona de la que yo disfruto enormemente. Tras conocer su nombramiento, Marías confesó sin empacho alguno que «no entendía por qué la Academia admitía en su seno a novelistas», ya que la labor de estos era «bastante pueril». Es difícil mostrar mayor desparpajo e ironía a la hora de aceptar un cargo, no me lo nieguen: es como cuando Groucho Marx afirmaba que jamás ingresaría en un club donde admitieran a gente como él. Y que conste que yo coincido con Javier Marías en lo principal: yo tampoco entiendo el criterio de la Real Academia Española a la hora de admitir nuevos miembros. No entiendo que en una academia de la lengua las decisiones lingüísticas las tomen escritores, biólogos, almirantes, sicólogos, arquitectos o periodistas. Tampoco comprendo que personas cultas y de gran talla intelectual y profesional —como muchos de los miembros de la RAE— admitan un cargo y una responsabilidad teórica para la que lisa y llanamente no están preparados. Así pues, o están locos estos académicos nuestros… o son unos guasones. Porque, díganme: ¿A quién en sus cabales se le ocurriría encargar la redacción de un diccionario a un poeta, por más genial que este pudiera ser? ¿Quién, con un poco de sentido común, escogería para redactar una gramática a un novelista, aunque fuese Premio Nobel? ¿En qué cabeza cabe, por tanto, que podamos tomarnos en serio a una institución en la que muchos de sus miembros declaran no tener ni idea de lo que hacen allí? El funcionamiento de la Academia Española es pura locura o pura broma, ya les digo, y por eso me resulta tan jocoso comprobar cómo mucha gente incluso considera que esta institución es ejemplo de seriedad y buen hacer: ¡bendita inocencia!
En fin, para mi deleite particular, lo paradójico de este comportamiento irracional y caduco que confunde un arte, la literatura, con una ciencia, la gramática, radica en que no es exclusivo de la Academia Española, sino que lo practican la mayoría de academias de la lengua. Un ejemplo muy claro de esto que les cuento tuvo como protagonista al director de la Euskaltzaindia, la Academia de la Lengua Vasca. Esta institución, que se encarga de elaborar la ortografía, el diccionario y la gramática del euskera, rechazó en su día al lingüista vascofrancés Xarles Videgain para admitir poco después a un ingeniero industrial, Andoni Sagarna, y a un escritor, Bernardo Atxaga. Con la intención de justificar ante los medios el extraño criterio de su institución a la hora de escoger nuevos miembros, el director de la Academia Vasca, el notario Andrés Urrutia, no dudó en resaltar ante la prensa las excelencias y el compromiso de este último:

Hay quien piensa que le hemos dado un premio nombrándole euskaltzaina [miembro de la Academia Vasca]. En realidad, le hemos llamado para trabajar.

Si el señor Urrutia hubiese tenido en cuenta la ley inmutable de la que les vengo hablando, esa que establece que un escritor recién elegido académico lo primerito que hace es el ridículo, entonces el director de la Academia Vasca se habría cuidado muy mucho de efectuar tales afirmaciones, porque al bueno de Bernardo Atxaga le faltó tiempo para declarar ante la prensa:

La pregunta debería ser qué tipo de trabajo puedo hacer. Porque es evidente que no puedo aportar mucho a las cuestiones intrínsecamente lingüísticas. Yo no puedo hacer gramáticas ni diccionarios, ni puedo ayudar en esos quehaceres. Lo que sí puedo hacer con más dedicación es esa tarea de cara al exterior. […] Sería una especie de propagandista de la lengua en el extranjero.

Vamos, que Atxaga ingresaba en la Academia Vasca para trabajar… de relaciones públicas: acabáramos. Así se entiende que Xarles Vidagain fuera rechazado en esta institución; así se entiende también que la propia RAE desestimara en su día la candidatura del lingüista Antonio Quilis para dejar sitio a Juan Luis Cebrián; así se entiende que la RAE escoja ahora a Soledad Puértolas cuando no hace tanto le negó el asiento al subdirector de ¡su propio Instituto de Lexicografía!, Rafael Rodríguez Marín, un lingüista competente que abandonó la institución poco después, no se sabe si por hastío o por vergüenza torera. Así se entiende, en definitiva, que la Academia haya tenido que recurrir a gramáticos y lingüistas ajenos a su seno para elaborar la nueva Gramática, la primera obra medianamente científica de toda su historia. Pero vaya, situaciones esperpénticas como estas no son raras cuando 31 de los 46 miembros de una academia de la lengua se dedican a las relaciones públicas y a la propaganda en vez de a la lingüística. Ese es el chiste con el que me vengo riendo desde hace ya muchos años.
En fin, ahora que se apagan en la prensa los ecos de la elección de Soledad Puértolas sé que me aguardan algunos meses de apatía hasta que la Academia elija a otro médico, a otro cineasta o a otro escritor, que bien podría llamarse Almudena Grandes, Elvira Lindo, Maruja Torres, Juan José Millás, Carlos Ruiz Zafón o cualquier otro peso pesado de nuestra liviana literatura actual; total, lo mismo daría uno que otro. Por eso les confieso que yo esperaré confiado y expectante, ya que estoy seguro de que sea quien sea el elegido —o la elegida— me proporcionará los mismos buenos ratos que Marías, Reverte o Puértolas, quien por cierto ya ha adelantado que su discurso de ingreso en la Academia versará sobre los personajes secundarios. Si me acepta el consejo, y en compensación por las risas que me he echado a costa de sus declaraciones, yo recomendaría a Soledad Púertolas que, en vez de citar a personajes literarios, fijara la vista y el ingenio en los escasos lingüistas de la institución en la que ingresa. Nada mejor para hablar de subalternos en el salón de plenos de la RAE que recordar a los científicos del lenguaje, los auténticos secundarios de la Real Academia Española.

Este artículo se terminó de escribir en Sevilla, a mediados del mes de febrero del 2010.

martes, 9 de marzo de 2010

La expresión "me tienen los huevos al plato", ¿estará en el nuevo diccionario?


Bajo este titulo, el blog "Club de Traductores Literarios de Buenos Aires" publica un artículo de Jorge Aulicino, poeta, periodista y director de la Revista Ñ de Buenos Aires, sobre la aparición del Diccionario de Americanismos de la Real Academia Española. Tomando como base las declaraciones del Secretario General de la Asociación de Academias de la Lengua Española, Humberto López, Aulicino pone en blanco sobre negro una realidad que a muchos "nos tiene los huevos al plato": el espíritu centralista, con rancio sabor imperial, que anima la normativa que pretende imponer la RAE a 45O millones de castellanohablantes, de los cuales 400 millones hablamos un castellano no español.
A continuación, el artículo de Aulicino.
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Un caballo como el de Troya para entendernos mejor
Por Jorge Aulicino

Ahora que el desgraciado terremoto en Chile convirtió el Congreso de la Lengua, que debía realizarse en Valparaíso, en un congreso virtual (se podrán ver en la red las ponencias), resulta más patético leer el texto que sigue, un recuadro en la edición del domingo pasado de Babelia, el suplemento de cultura de El País, de Madrid, cuyo tema de tapa es el idioma, en relación con el Congreso de la Lengua. El recuadro se refiere al Diccionario de Americanismos que ya apareció en España y aquí. Cada palabra de este breve texto parece acrecentar sus significados en medio de una nota más amplia cuyo copete asegura que el "español de América protagoniza el Congreso de la Lengua" y ahora que el Congreso no se celebra ya sobre tierra firme americana. Léase:

"El diccionario de americanismos es fundamentalmente un diccionario descodificador, explica el Secretario General de la Asociación de Academias de la Lengua Española, Humberto López. El objetivo es que la gente conozca una palabra o expresión de América y se sitúe. Así todos los textos escritos allá pueden ser entendidos en el mundo. Es un diccionario, según López, que "viene a llenar un vacío. Hasta ahora si alguien quería conocer algún americanismo tenía que comprar o leer el diccionario de Moringo que lleva treinta y tantos años". // Se trata de una idea centenaria y puesta en marcha en 1998 con el trabajo de las 22 academias. Cada una propuso, envió, revisó y aprobó las palabras y definiciones coordinadas en Madrid. El diccionario es el más completo del léxico americano, tiene 2.500 páginas, más de 70.000 entradas, unas 120.000 acepciones, sinónimos y variantes en la mayoría de las voces, etimología y procedencia de las palabras en la mayoría de los casos. "Es un aire fresco que entra sobre todo para el público español. Un trabajo rompedor desde la lexicografía en general", y concluye López: "Se lo debíamos a los hispanoamericanos".

Notas:

"Diccionario descodificador": El redactor cita nada menos que al Secretario General de la asociación que reúne a las Academias de 22 países de lengua castellana; se refiere –el mentor– a que los americanos debemos ser pasados en limpio, pues al parecer, hablamos todos un slang, un código;

"La gente": Sustantivo colectivo que parece englobar al mundo, exceptuados los americanos de habla castellana. En efecto, se trata de eso, pues el Secretario dice inmediatamente: "todos los textos escritos allá pueden ser entendidos en el mundo."

"Cada uno propuso, envió, revisó y aprobó las palabras y definiciones coordinadas en Madrid": el orden no permite percibir claramente cómo se hizo el trabajo, ya que al parecer primero las palabras se propusieron y enviaron, y luego se las revisó y aprobó, coordinadas (las palabras) en Madrid. La oración trasmite que ha habido un confuso trabajo, en el que quizá las palabras se iban aprobando a medida que se las "coordinaba";

"Un aire fresco para el público español": Confrontar con "la gente".

"Un trabajo rompedor": Probablemente, rupturista. Quizá, molesto (en el sentido americano, específicamente argentino, de romper los huevos);

"Se lo debíamos": ¿Los españoles coordinadores?

"A los hispanoamericanos": A todos ellos.

Me resisto, me debato, me contengo, me remuerdo, para no creer que este suelto ha sido dictado por algún improbable espíritu centralista del idioma, por una Casa de Indias de la lengua, pero está tan lleno de anfibologías y pleonasmos que me da espina. Que me cuelguen si los americanos somos un bloque lingüístico, por empezar, y si vale lo mismo, por ejemplo, decir aquí "pico" que decirlo en Chile, sin provocar allá una carcajada, al menos una sonrisa condescendiente. Y que me echen los galgos si no tenemos los americanos entre nos tantas cosas lexicográficamente distintas como los españoles con cualquiera de nosotros. Y que Dios y la Patria me lo demanden si entiendo que la Academia ha querido hacernos un regalo para que nosotros mismos nos entendamos. Y pongo los pies en polvorosa.

Si este criterio de la RAE, que convierte en un bloque de americanismos a los chilenismos, peruanismos, paraguayismos, mexicanismos, etc.; es decir a nuestros léxicos diversos; es decir, los léxicos de la mayor parte de los hispanohablantes; si este criterio, digo, es el mismo que debe regir las traducciones... en fin, estamos en el horno (argentinismo por “en dificultades serias”, o directamente, por “condenados”).

martes, 6 de octubre de 2009

¿«Dígalo bien» o «Dígalo como a mí me gusta»?


Silvia Senz (Addenda et Corrigenda)

Hace unos días, al hablar aquí sobre el español (o los españoles) de los libros que se publican en Estados Unidos, ya aludimos a la febril actividad que la Academia Norteamericana de la Lengua Española (ANLE) despliega para enmendar la plana a los anglicados latinos del país.
[Sigue +/-]

Según hemos sabido por la Fundación del Español Urgente (Fundéu), la ubicua ANLE también participa desde hace poco en el informativo matutino Noticias Univision 41 Al Despertar con el microespacio «Dígalo bien», gracias al cual todos los miércoles los televidentes pueden desayunarse con dos consejos idiomáticos ofrecidos por el director de la institución, Gerardo Piña-Rosales, el secretario Jorge Ignacio Covarrubias, y el coordinador de Información, Daniel R. Fernández. Algunas de sus notas normativas pueden verse ya en la página del programa. De entre los cuatro avisos disponibles, seleccionamos el del doctor Piña-Rosales, dedicada al uso del verbo ignorar. Véanlo antes de seguir leyendo: No me hicieron caso

Nótese ahora lo que dice al respecto el Diccionario de la Real Academia Española (de referencia para todas las academias asociadas de la lengua española), ya desde el 2001:

ignorar.

(Del lat. ignorāre).

1. tr. No saber algo, o no tener noticia de ello.

2. tr. No hacer caso de algo o de alguien.

¡Que viva la norma panhispánica! Si ya lo vaticinó Juan Ramón Lodares (El porvenir del español, p. 100) al señalar las desventajas de un estándar pluricéntrico para el español: "El peligro general del pluricentrismo es fácil de entender: si todo vale, nada vale".

Es decir: si todos mandan, nadie manda. Bienvenidos al feudalismo normativo.

miércoles, 5 de agosto de 2009

¡A las barricadas!


Por Luis Carlos Salgado Díaz *

¡Compatriotas hispanohablantes. El castellano os necesita. El enemigo sajón nos invade y ha llegado la hora de luchar y defendernos! ¡Hermanos de América y España. Demostremos que somos dignos herederos del Cid y de Bolívar! ¡Hagamos frente al invasor! ¡A las barricadas, a las barricadas!
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Bueno, tranquilos, no me he vuelto loco. Aunque no sé si seré de los pocos, la verdad, porque la soflama bélica con la que he comenzado estas líneas se queda en agua de borrajas comparada con el vocabulario que se está utilizando últimamente a la hora de afrontar el problema de los anglicismos. Y créanme, no les exagero: hace poco más de dos meses las Academias Hispanoamericanas acordaron formar un «frente común» contra el «acoso» al que nos está sometiendo el inglés. Pero no un frente común cualquiera, sino uno que actuará «como una fuerza de choque» y que será «muy beligerante» en la «defensa del idioma».

Esta actitud victimista, pesimista o derrotista —llámenla como quieran— no responde en absoluto a la realidad del idioma, que ha demostrado a lo largo de sus diez siglos de existencia que sabe defenderse solito de la influencia de otras lenguas. Yo confío plenamente en la fortaleza del castellano, principalmente ahora que estamos empezando a aceptar que el español es de todos —y no sólo de los españoles—, que se habla igual de bien -o igual de mal- en todos los países hispanos y que la responsabilidad de utilizar el idioma con gusto, estilo y corrección es tarea común. Esto es lo realmente importante, que la gente sepa que la responsabilidad idiomática es suya.

Sin embargo, lo que me parece bien es la propuesta de las Academias Hispanoamericanas de crear un Diccionario Normativo de Dudas para que podamos tener siempre a mano la traducción en español de los numerosos términos que está creando el inglés en casi todos los campos de la ciencia. Porque no hay duda de que para evitar préstamos de otros idiomas lo mejor que podemos hacer es crear nosotros las palabras. Y aquí radica uno de nuestros grandes problemas, porque desgraciadamente la creación científica -y especialmente en el terreno informático- es uno de nuestros puntos flacos.

El otro es la pedantería y el esnobismo, que por cierto procede del inglés snob, y que significa utilizar palabras y expresiones de otros idiomas a los que se considera más prestigiosos. Así, por esnobismo o por pedantería, solemos decir bacon (léase beicon) por panceta, self service por autoservicio, match ball por pelota de partido, play off por eliminatoria, holding por grupo empresarial, overbooking por sobreventa —o por mala leche, depende de si le toca a uno o no—, tie break por desempate, airbag por protector de aire, o bolsa de aire. En fin, la lista es interminable, todo lo que suena a inglés está de moda. Y la culpa no es de los yanquis o de los pérfidos albiones, la culpa es básicamente nuestra. Especialmente de los medios de comunicación, un territorio salvaje donde cualquier anglicismo es siempre bienvenido, sobre todo si es innecesario y se refiere al mundo del deporte. Y, asómbrense, esto es todavía más común en España que en América. La cuna del idioma va a acabar siendo the cradle of the language.

Ahora se ha puesto muy de moda entre los comentaristas deportivos españoles utilizar la expresión hat trick cuando un futbolista consigue tres goles. Es una voz inglesa que literalmente significa el «truco del sombrero». Viene de una antigua tradición británica por la cual al que destacaba en alguna competición festiva le regalaban un sombrero (antiguamente una prenda de prestigio). De ahí pasó al cricket —un deporte parecido al béisbol donde el que realizaba tres anotaciones con bolas sucesivas conseguía un hat trick— y del cricket al fútbol. En una ocasión le pregunté a un grupo de periodistas qué significaba la dichosa frasecita que repetían constantemente. Nadie supo contestarme salvo lo ya sabido: que era meter tres goles. Uno de ellos me dijo que venía de had three, esto es: «tenía tres» en inglés, quizás imbuido por la semejanza fonética entre hat (sombrero) y had (tenía), y entre three (que suena zree) y trick. Otro, que sabía un poco más de inglés, me explicó que era «sacar un conejo de la chistera», de ahí lo del «truco del sombrero». Una explicación genial, pero inventada. Lo cierto es que ninguno de ellos sabía en realidad de lo que estaba hablando. Y este es el problema: que a menudo en televisión se habla de lo que no se sabe. Basta con que la palabra sea inglesa para que sea utilizada sin más miramientos.

Pero no pretendo ser excesivamente crítico. Creo que es un acierto denominar de una manera especial un lance tan singular en fútbol como es conseguir tres goles. Especialmente en esta época de sequía goleadora. Lo que no me parece bien es utilizar una expresión inglesa que no significa nada para ninguno de nosotros. Sin embargo, lejos de meterme en las trincheras y calar la bayoneta contra este barbarismo, yo veo más acertado pasar a la ofensiva y buscar alguna palabra española que se ajuste a la situación que queremos describir. Dicen que la mejor defensa es un buen ataque, y así voy a proponer algunas opciones a ver qué les parecen a ustedes.

El mejor ejemplo que se me ocurre es «tricornio» por eso de que engloba el concepto de sombrero con el de tres. Lo malo es que no sé si quedará bien. Imagínense: «Tercer gol para Raúl que consigue un tricornio». No sé, no sé... quizás no sea lo más adecuado. Y no lo digo sólo por los tres cuernos... Otra posibilidad es utilizar la palabra «tresbolillo», como ya sabrán una difícil manera de hilar los tejidos. Pero tampoco me acaba de convencer: «Tresbolillo para Raúl que esta noche está inspirado». ¿A ustedes qué les parece? Una que a mí me gusta mucho es «triquitraque», que suena a tres por eso de «tri» y que además tiene que ver con quemar las redes rivales: «Triquitraque para Tsartas...» Otra posibilidad puede ser «trestanto» que significa exactamente eso, tres tantos: «Rivaldo consigue su cuarto trestanto de la temporada». A mí me gusta, la verdad. Aunque quizás lo mejor sea utilizar el simple y contundente «triple», que además, es lo que es y no otra cosa. O crear la innovadora —no figura en el diccionario— «triplete», en clara analogía al ya existente «doblete». Pero me temo que palabra tan castellana y tan simple jamás será aceptada por nuestros comentaristas deportivos a quienes les gusta todo lo contrario a la simpleza.

En fin, de lo que no tengo duda es de que los hablantes suelen ser más sensatos que la mayoría de los periodistas cuando de aceptar anglicismos se trata, y por eso yo soy francamente optimista sobre el futuro del español y las influencias que recibe del inglés. Recuerdo que hace algunos años, un programa de televisión realizó un concurso entre sus espectadores en el que todos podían proponer palabras para decir en español el anglicismo zapping, esto es, cambiar de canal. La palabra ganadora fue «zapear», verbo que también admitía el sustantivo «zapeador» para referirse al mando a distancia. El telespectador que propuso la palabra la hacía derivar de la interjección ¡zape!: echar al gato. Fue un digno ganador. Pero la mejor de las propuestas fue una que, aunque no resultó vencedora, recibió una mención especial por su originalidad. La palabra en cuestión era el verbo «tequiyar». Su autor lo hacía derivar de la expresión castiza y andaluza ¡Te quieres ir ya!, que se suele contraer en ¡tequieriyá! y de ahí «tequiyar». Les confieso que la adopté desde el primer momento y todavía hoy, cuando estoy en casa y oigo a algún locutor deportivo decir que fulanito o menganito ha conseguido un hat trick lejos de mosquearme y parapetarme en la barricada, lo primero que hago es agarrar el zapeador y decir: «¡Ea, tequieriya!»

* Este artículo fue publicado el 15 de mayo del 2000 en el Diario de Andalucía (Sevilla), pero su vigencia es indiscutible.

jueves, 30 de julio de 2009

La lengua machista, según Mafalda




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Zorro = Héroe justiciero
Zorra = Pu-ta

Perro = Mejor amigo del hombre
Perra = Pu-ta

Aventurero = Osado, valiente, arriesgado.
Aventurera = Pu-ta

Cualquier = Fulano, Mengano, Zutano
Cualquiera = Pu-ta

Callejero = De la calle, urbano.
Callejera = Pu-ta

Hombrezuelo = Hombrecillo, mínimo, pequeño
Mujerzuela = Pu-ta

Hombre público = Personaje prominente. Funcionario público.
Mujer pública = Pu-ta

Hombre de la vida = Hombre de gran experiencia.
Mujer de la vida = Pu-ta

Puto = Homosexual
Puta = Puta

Héroe = Ídolo.
Heroína = Droga

Atrevido = Osado, valiente.
Atrevida = Insolente, mal educada.

Soltero = Codiciado, inteligente, hábil.
Soltera = Quedada, lenta, ya se le fue el tren.

Dios = Creador del universo y cuya divinidad se transmitió a su Hijo varón por línea paterna.
Diosa = Ser mitológico de culturas supersticiosas, obsoletas y olvidadas.

Suegro = Padre político.
Suegra = Bruja, metiche, etc.

Machista = Hombre macho.
Feminista = Lesbiana.

Don Juan = Hombre en todo su sentido.
Doña Juana = La mujer de la limpieza.


domingo, 19 de julio de 2009

América, Andalucía y los dos bandos de la lengua

Luis Carlos Díaz Salgado, linguista

América se está cobrando la deuda que la lengua española tiene con Andalucía. El impulso que los millones de hispanohablantes americanos han proporcionado al castellano es tal que incluso los lingüistas más conservadores están comenzando a aceptar que Castilla, la cuna del idioma, ya no es el centro del idioma. Como si de un Bolívar reencarnado se tratara, el español de América va camino de liberar a la lengua común de la opresión sufrida durante siglos. Una opresión fomentada y mantenida por aquellos para los que sólo había un español correcto: el de Castilla. Necios. Se creían lingüistas y no eran más que censores. Pero han hecho mucho daño. Han confundido, marginado, maltratado y deformado la conciencia lingüística de la gente basándose en conceptos que nada tenían que ver con la lingüística, sino con el poder. ¿Cómo entender si no que lo que se consideraba correcto no tuviera nada que ver con lo que era normal? Ha habido muchos Torquemadas de la lengua. Sin embargo, la importancia cada vez más evidente del español americano está empezando a cambiar las cosas.
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Me imagino que para muchos debe de ser difícil de entender que el seseo haya sido considerado en España un vulgarismo, que vulgar haya sido aspirar las s y pronunciar las j de manera suave, que vulgares han sido tantos otros rasgos fonéticos y léxicos que compartimos andaluces, canarios y americanos. Es difícil de entender, pero esta ha sido la realidad vivida durante cinco siglos. Ya en 1492 cuando Nebrija, sevillano, publicó la primera Gramática de la Lengua Castellana, Juan de Valdés, defensor de la norma toledana, consideró poco menos que ofensivo que un andaluz, «con su manera viciada de hablar» osara emprender tan ardua y digna tarea. Magnífico escritor Valdés, pero pésimo lingüista. Y grosero. Hay más casos: Manuel Alvar, en su Manual de dialectología hispánica, recoge el siguiente comentario que hace Amado Alonso en su obra De la pronunciación medieval a la moderna en español:

El idioma que llevan los españoles por Europa en su nuevo papel de hegemonía es el español que, teniendo por base el hablar toledano, se impone sobre todas las variedades regionales para ser el idioma de todos los españoles.

Pero lo que no dice Alonso es que el español que emigra a América no es el de Toledo precisamente, sino el de Sevilla. Un desliz imperialista. Lo siento por él, pero nada queda de aquel español en Flandes, mientras que en América está hoy la base del idioma. Andaluces y americanos tenemos mucho en común, y no hablo sólo de los antepasados. La influencia lingüística andaluza en América es evidente, sobre todo la que vino del antiguo Reino de Sevilla, esto es Huelva, Cádiz y Sevilla. En los primeros años de la conquista el número de andaluces, sobre todo sevillanos —y especialmente sevillanas— que emigran dobla al de cualquier otra región de España. Es cierto que después llegaron al nuevo continente muchos vascos, extremeños, catalanes y castellanos. Pero la base idiomática, sobre todo en cuanto a pronunciación, ya estaba asentada. Venezuela se llamó Nueva Andalucía y, todavía hoy, sihuiya es sinónimo de español en caribe. Que muchos lingüistas españoles hayan llegado a poner en duda la conexión entre Andalucía y América demuestra hasta qué punto el partidismo ha campado a sus anchas en la lingüística peninsular.

Muchos son los rasgos que compartimos andaluces y americanos. No todos, evidentemente. Espero poder hablar de ellos en posteriores artículos, pero hay uno que llama poderosamente la atención. Tanto en Andalucía como en América se considera que el español de más prestigio, el de más alto nivel, sigue siendo el español de Castilla. No podía ser de otra manera. Y hay razones que lo justifican. El castellano, allá por el siglo X, se impuso en la Península a otros dialectos del latín como el astur-leonés o el mozárabe. Más tarde, en el siglo XIII, Andalucía occidental es reconquistada a los moros y posteriormente repoblada con extremeños, leoneses y castellanos. Los nuevos colonos traen consigo su nueva lengua. Y así, lo que hablamos hoy en Andalucía y América no es pues, estrictamente, un dialecto del latín, sino un dialecto del castellano. Este matiz es importante. Pero, y puesto que la mayoría de los hablantes de español creemos que el prestigio de la lengua reside en Castilla, Castilla tiene la obligación de ser ecuánime. Y durante mucho tiempo no lo ha sido. Todo lo que se alejaba de la norma toledana era inmediatamente tachado de vulgar, de barriobajero, de chabacano. El padre, por decirlo metafóricamente, se avergonzó del acento de su hijo. Y tras la vergüenza vino el maltrato y la marginación. Todavía hoy en día hablar con acento andaluz en España es sinónimo de mal hablar.

Las autoridades lingüísticas españolas, con la Real Academia a la cabeza, tienen una deuda con los hablantes. No me extraña que Roberto Hernández Montoya en su artículo La Real Academia tiene mala ortografía se sienta ninguneado, zurdo, andaluz, indiano... cuando comprueba cómo la Real mantiene su postura acientífica a la hora de describir los sonidos de la lengua. Según la Real, el sonido de la ll es lateral, ...aunque casi nadie la pronuncie así. Argumentos de este tipo han sido los que han provocado que la gente no sepa bien a qué atenerse. Si quienes tienen que describir la lengua no lo hacen, ¿para qué sirven entonces?

Decía al principio que América se está cobrando la deuda que el español tiene con Andalucía. Pero no entiendan que hablo de venganza. En esto de la lengua, si hay bandos, no son el americano y el español, o el andaluz y el castellano, sino el de los que pretenden que el idioma sea un ente inamovible y los que entendemos que para mantener la unidad hay que conservar la diversidad. Conservarla y respetarla. Y difundirla. El vigor y la variedad del español americano han hecho posible, están haciendo, que algo comience a cambiar. Pero aún queda mucho por hacer. Y un buen campo para empezar son los medios de comunicación. Unos medios que han servido tradicionalmente en España para discriminar a los hablantes. Todavía hoy en el Libro de estilo de TVE, la emisora pública de España, se dice cuando se hace referencia al seseo: «Sólo se utiliza en Andalucía, Canarias e Hispanoamérica». ¡Sólo! ¿Será posible tamaño despropósito? Es como si dijésemos que sólo el 90 por ciento de los surafricanos son negros. Un dislate, vamos. Hay más ejemplos. En el Libro de estilo de Telemadrid, la televisión pública de la capital de España se dice lo siguiente también con respecto al seseo: «Su uso se produce por incuria o incumplimiento». Incuria, por si desconocen el término, significa dejadez. En otras palabras que la amplísima mayoría de hablantes de español somos, sois, unos vagos redomados. Estupidez semejante no tendría mayor importancia si no fuera porque usualmente los libros de estilo están revisados por reputados lingüistas para los que este tipo de afirmaciones son simples pecadillos sin mayor importancia. Esta es la discriminación, soterrada en ocasiones, que hemos venido padeciendo en mi país, España. Todavía hoy no hay un solo presentador de noticias que sesee. No me extraña. A nadie le gusta perder su trabajo.

Si como parece el futuro del español está en América, hay que analizar con cuidado lo que sucede en América. Ahora parece que se pretende crear un español neutro que sea utilizado en los medios de comunicación. ¡Qué barbarie! Yo prefiero escuchar a cada uno con su acento. Al cubano con su acento de Cuba, al venezolano con su acento de Venezuela, y al español con su acento español, sea sevillano o salmantino. El peligro, si es que lo hay, no es que el idioma se disgregue —como tanto insiste la Real— sino que, como en España durante tantos siglos, las naciones y los hablantes de América no quieran escucharse unos a otros. Que a cada nación le repela el acento de la nación vecina. Que el acento de cada uno sea motivo para que sea rechazado. España está aprendiendo de América. Esperemos que América no cometa el mismo error que cometimos los españoles.

lunes, 6 de julio de 2009

Los voceros voceras de la Academia del Insulto

Por Luis Carlos Díaz Salgado, sociolingüista.





Menuda la ha liado la ministra de Igualdad con su ocurrencia de llamar miembras a las miembras de no sé qué institución. Dicen los que dicen que saben de esto —nuestros queridos puristas y académicos de pro—, que a la miembra del gobierno se le ha notado la vena feminista en demasía, y que nadie puede hacer con la lengua su santa voluntad; que hasta ahí podríamos llegar; que para eso ya están ellos, los salvaguardas del idioma correcto y de la pureza lingüística tradicional.

El caso es que, aprovechando que la ministra ha pedido a la Real Academia que admita el nuevo palabro en su diccionario (ándese con ojo, ministra, que no sabe usted bien con quién se las gasta en estos asuntos), han sido varios los escritores y académicos de la lengua en acudir a los periódicos para negar la corrección del término miembra, al que, como poco, han calificado de «aberración» y «burrada». Así, y según recoge el diario El País, para Fernando Savater, Juan Manuel de Prada y Javier Marías, decir miembra es una «estupidez», una «sandez» y una «muestra de feminismo salvaje». Magnífica lección gramatical, sí señor; y elegante, sobre todo elegante.

Bastaría con haberle contestado a la ministra que la misión de la Academia no es establecer qué palabras pueden o no pueden entrar en el diccionario, sino que su labor consiste en recoger las que realmente se emplean: con esta declaración tan simple habría sido suficiente, y todo ello sin ni siquiera entrar en disquisiciones morfológicas, que esa es otra. Pero no, había que dejar claro con algún que otro improperio —dedicados sobre todo a las odiosas feministas y a las ministras incautas— que nadie puede cambiar la lengua a su antojo, y mucho menos sin contar antes con la aquiescencia de la Academia y la de sus oráculos de la corrección. Y aquí es justo donde se equivocan estos críticos; y lo hacen tanto en el fondo como en las formas.

Porque, guste o no, cualquiera, incluidos los ministros, puede usar las palabras que le resulten más adecuadas, incluso aunque estas voces sean un puro invento, como es el caso; de la misma forma que también cualquiera es libre de rechazar las que le parezcan absurdas o agramaticales. Vaya, que si yo estoy empleando la voz miembra en este artículo es porque no le veo nada malo a la palabra —salvo su novedad—, pero no por ello fuerzo a nadie a seguir mi ejemplo. Comprendo, además, que habrá quien se ría o se sonría (siempre lo nuevo resulta extraño e incluso chocante), pero de ahí a caer en la grosería, la ordinariez y la descalificación personal, como han hecho algunos académicos, escritores y periodistas, va todo un mundo.

Especialmente grosero con la ministra se ha mostrado el hasta hace poco vicedirector de la Real Academia Española, Gregorio Salvador, en su tiempo dialectólogo y hoy en día portavoz ideológico de la RAE. Siempre presto a la gresca lingüística, y haciendo gala de su habitual estilo guerrillero, Salvador también ha tachado de «estupidez» el uso de la voz miembra, a la par que ha llamado «estúpidos e ignorantes» a quienes osan emplear esta palabra. Para rematar tan moderada intervención ante la prensa, Gregorio Salvador ha recomendado a Bibiana Aído que «escriba a la RAE si quiere que el término se incluya en el diccionario»; que escriba y que luego espere bien sentadita, claro está, porque como ha enfatizado el propio Salvador, «siempre tenemos locos que escriben a la Academia pidiendo cosas peregrinas». En otras palabras, que la Real Academia Española admitirá a las miembras cuando las ranas críen pelo.

Lo curioso de esta historia es que no sería nada raro que los batracios acabaran luciendo melena (algo bastante común en asuntos lingüísticos), y bien podría ocurrir que Gregorio Salvador y compañía tuvieran que envainarse sus comentarios, tal y como hicieron los que en su día despotricaron contra médicas, arquitectas, juezas, presidentas, fiscalas, concejalas, modistos y azafatos; por poner sólo algunos ejemplos de voces inusuales en su momento, pero ya admitidas —aunque de muy mala gana— por la RAE, que comprueba con indisimulado enfado cómo la gente las emplea con normalidad, a pesar de que ella misma las condenara en un principio.

Así parece reconocerlo el segundo Salvador de nuestra historia, el también lingüista y académico Salvador Gutiérrez, quien —admitiendo el matiz feminista del término miembra, pero recordando el abecé de la profesión lingüística— ha afirmado que «la última palabra la tiene siempre el pueblo», y que si alguien introduce un cambio y el cambio es admitido por el pueblo, pues sanseacabó. Bien dicho: así es como dirime este tipo de disputas un verdadero estudioso de la lengua; y este es el mensaje de sensatez y mesura que divulga un auténtico lingüista para fomentar el respeto mutuo entre todos los hablantes. De ahí que sea tan necesario que el concepto de corrección lingüística no quede en manos de puristas gruñones, periodistas malhablados y escritores oportunistas.

Quizás les parezca curioso que dos lingüistas como Salvador Gutiérrez y Gregorio Salvador puedan abrigar ideas y actitudes tan diferentes sobre el mismo tema, especialmente si tenemos en cuenta que ambos son, además, miembros de la Real Academia Española. Pero todo se torna diáfano si recordamos que Salvador Gutiérrez es un científico de prestigio que lleva sólo unos meses en la institución; al contrario que Gregorio Salvador, que es uno de los miembros más veteranos de la RAE. Se hace evidente que el virus academicista todavía no ha tenido tiempo de dañar el intelecto de Salvador Gutiérrez, mientras que el sistema neuronal de Gregorio Salvador está ya irremediablemente perdido, y de ahí que pierda su objetividad científica con la misma asiduidad con la que pierde la educación y los modales.

Porque, no satisfecho con tachar de ignorantes, locos, tontos y estúpidos a quienes tengan la osadía de usar su lengua como mejor les venga en gana, (por cierto, ministra, infórmese un poquito mejor antes de meterse en estos berenjenales), el vocero más voceras de la RAE ha llegado incluso a recriminar la labor gubernamental de Bibiana Aído, a quien ha pedido que «se deje de bromas y se ocupe de resolver problemas de desigualdad preocupantes que hay en España, como las dificultades que tienen los padres en algunas comunidades para que sus hijos estudien castellano». Y chúpate esa, ministra; que nada hay mejor para cosechar aplausos en el ruedo ibérico que mezclar churras feministas con merinas catalanistas.

Sin embargo, y ya puestos a exigir responsabilidades, la ministra de Igualdad debería hacer eso mismo con la RAE, un organismo pagado con el dinero de todos cuyas señas de identidad son el conservadurismo, el machismo y la endogamia (y ahora también la chulería y el mal gusto, por lo que hemos podido leer en la prensa). Quizás ha llegado ya el momento de que el Estado tome medidas para evitar que en la institución estatal encargada de recoger los usos más habituales de nuestra lengua, científicos del lenguaje de la talla de Salvador Gutiérrez tengan que compartir asiento con escritores pepesabidillos metidos a gramáticos, filólogos trasnochados con delirios ultras y algún que otro amiguete despistado y suertudo que pasaba por allí. Alguna excepción hay entre tanta medianía lingüística, caso de Salvador Gutiérrez, Manuel Seco, Ignacio Bosque o Francisco Rico; pero eso es lo irónicamente grave, que los lingüistas sean las excepciones en una academia de la lengua.

Por lo tanto —y en vez de pedirle a la RAE que incluya tal o cual palabro en el diccionario—, lo primerito que debería hacer la ministra de Igualdad es exigirles a los académicos que expliquen y aclaren cuáles son los méritos necesarios para convertirse en tales. Quién sabe, quizás así los estúpidos, los locos y los ignorantes que creemos que otro mundo y otra Academia son posibles llegaríamos a entender que en una institución lingüística compuesta por 46 miembros sólo haya tres mujeres, tres solitarias miembras que además ni siquiera son lingüistas. Y esto último es lo que hace que la bancada académica resulte definitivamente grotesca.

Resumiendo, que el Estado financie corporaciones patriarcales y endogámicas como nuestra Real Academia del Insulto es tanto o más bochornoso y denunciable que el que a una ministra bisoña le dé por decir miembra, cancillera o ujiera. Esto último puede provocar la risa floja durante algunos días, pero lo primero causa una vergüenza tan permanente y un sonrojo tan duradero que uno se pregunta cuándo tendremos un gobierno con la sensatez necesaria para modificar de una vez los Estatutos de la Real Academia Española. Porque ya va siendo hora de que en la principal institución normativa de nuestra lengua estén sentados los verdaderos estudiosos del idioma —sean hombres o mujeres—, y no cualquier sobrino de su tío elegido por el igualitario método del dedazo: y esta sí que es una tarea digna de un ministerio de Igualdad. Ya les digo, ojalá ese gobierno llegue algún día y ojalá sepa devolverle a la Academia de la Lengua el cariz científico que nunca ha tenido. Los lingüistas lo celebraríamos; y las lingüistas imagino que todavía más.


Sevilla, 12 de junio del 2008